1) con medio kilo de berenjenas estamos bien como para hacer un tamaño de salsa medio, la cantidad que comprarías en una delicatessen árabe para llevar a casa y compartir entre tres o cuatro personas.
Todas las variedades andan bien. Las japonesas, esas alargadas y finitas de color violeta, van a dar más trabajo para pelarlas pero casi no tienen semillas. La vida te pone opciones más difíciles que La elección de Sophie, mirá.
2) lavarlas y ponerlas en una placa de horno sin nada, ni sal, ni aceite, ni nada. Dijimos que es fácil. Llevarlas a un horno a-las-chapas, bien fuerte.
3) vigilarlas cada tanto y cuando se pongan negritas o bien oscuras de un lado, rotarlas como para que se hagan parejas. El objetivo es que el interior quede bien cocido, casi pasado sin llegar a secarse, y que la piel se queme no es problema: al contrario, da un saborcito ahumado que suma. Puede quedar más o menos así:
4) dejarlas enfriar como para no pelarte los dedos al sacar la pulpa. Es muy fácil: hacerles un tajito y raspar todo el interior con un tenedor o cuchara, descartando las pieles.
5) Fueron varios pasos pero casi no hiciste nada. Ahora viene la parte divertida: procesar la pulpa con sal, pimienta, aceite de oliva generoso, un diente de ajo grande o dos pequeños, comino, bastante limón, y si es posible una cucharadota de Tahini, pasta de sésamo (el tahini o tahine se consigue fácil y sirve para varias cosas, dura un siglo, daaale, agenciate un frasco). Opcional: cucharadita de azúcar o miel, que levanta el sabor de todo junto y el dulce natural de la berenjena. Procesar o minipymerear bien, hasta que quede muuuuy cremoso. Si no emulsionás bien el aceite con los demás ingredientes no se pone cremoso, por eso está bueno hacerlo a máquina.
6) Ahora sí, felicidad. Picá bastante perejil para terminar, o también queda bien un poquito de pimentón. Pega genial con: tomate, queso de cabra, ricota, jamón crudo, y cualquier pancito o galletita especialmente si tiene sésamo.
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